Michael de GTA 5 al diván: "A veces estoy bien, y a veces soy un maldito maníaco"
Las sesiones de terapia de Michael De Santa con el Dr. Friedlander son una de las joyas narrativas más ignoradas de Rockstar
Michael De Santa llega al diván del Dr. Isiah Friedlander con el mismo perfil que a un golpe bancario: sin cita, sin remordimiento aparente y con la sensación de que el tiempo se le acaba. En su primera sesión ya lo deja claro: "Robé bancos, gestioné negocios ilegales, moví droga, y llegué hasta aquí. Tengo una casa enorme, un hijo inútil y estoy atrapado hablando contigo porque a nadie más le importa una mierda". No hay autocrítica. Hay inventario.
"Soy dos personas distintas y no me gusta ninguna de las dos"
Lo que Rockstar construyó con estas sesiones no es un simple recurso de worldbuilding. Es la columna vertebral psicológica de toda la historia de GTA 5. A través de una serie de visitas, llamadas y hasta una sesión de pareja con Amanda, el juego despliega el deterioro —y los destellos de lucidez— de un personaje que sabe exactamente lo que es, pero es incapaz de dejar de serlo.
"A veces estoy bien, Doc, y a veces soy un maldito maníaco", le confiesa Michael en una de las sesiones más crudas. "Son como dos personas distintas y no me gusta ninguna de las dos." El propio Friedlander, lejos de ofrecer consuelo, le responde sin pestañear: "La personalidad dividida es el menor de tus problemas. Estás completamente desequilibrado."
El terapeuta que factura más que escucha
El Dr. Friedlander es, en sí mismo, una sátira afilada de la industria de la salud mental privada estadounidense. Cada sesión termina igual: con una subida de precio. Primero las visitas sin cita son más caras. Luego las sesiones telefónicas. Después las presenciales. Finalmente, la terapia de pareja cuesta "el doble al cuadrado, por supuesto". Cuando el seguro de Michael se agota, el doctor le pide que pague en efectivo sin mayor rubor.
El colmo llega cuando Friedlander anuncia que abandona la profesión para participar en un programa de televisión, advirtiendo que "no usará nombres reales" al hablar de sus pacientes. Michael, que ha vertido sus traumas más profundos en ese despacho durante años, termina persiguiéndole por las calles de Los Santos.
Trevor, el FIB y una familia que vuelve a casa
Las sesiones funcionan también como diario de misiones. A través de ellas se rastrea en tiempo real cómo la vida de Michael se desmorona y se recompone: la reaparición de Trevor Phillips, a quien daba por muerto; la presión del agente corrupto del FIB; el intento fallido con los psicofármacos ("me orinaba encima, lloraba, aullaba por las noches, ni hablar"); y la eventual vuelta de Amanda y los hijos al hogar familiar en Rockford Hills.
"Trevor sigue queriendo comérseme el hígado, pero nos llevamos bien porque estamos trabajando juntos en un golpe", le explica a Friedlander con la misma naturalidad con la que otro hombre contaría que su cuñado le cae mal en las reuniones de Navidad.
Un diagnóstico que Rockstar nunca cierra del todo
Lo más interesante del arco terapéutico de Michael no es lo que el juego resuelve, sino lo que deliberadamente deja abierto. Friedlander baraja diagnósticos —"puede que seas una combinación infrecuente de sociópata y psicópata diluido, o simplemente un cachorro débil destetado demasiado pronto por una madre furiosa"— sin comprometerse nunca con ninguno. Michael lo rechaza todo con la misma coartada: "Solo soy un tipo gordo y acabado que no pudo asumir que su carrera de fútbol en el instituto no salió como esperaba."
Que un videojuego construyera en 2013 un personaje capaz de preguntar en voz alta "¿soy un psicópata que disfruta del sufrimiento o un sociópata al que las normas le importan una mierda?" sigue siendo uno de los ejercicios de escritura más arriesgados de la historia del medio. La última vez que Michael pisó ese diván, el doctor ya tenía el contrato de televisión firmado. La pregunta de si alguien le escuchará de verdad alguna vez queda, como tantas cosas en Los Santos, sin respuesta.